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Lecciones de un campo de lentejas

“Después de éste fue Sama hijo de Age, ararita. Los filisteos se habían reunido en Lehi, donde había un pequeño terreno lleno de lentejas, y el pueblo había huido delante de los filisteos. El entonces se paró en medio de aquel terreno y lo defendió, y mató a los filisteos; y Jehová dio una gran victoria”

(2 images (1) 23:11-13)

He releído por estos días la historia de Sama, el valeroso ararita que por sus hazañas figuró entre el selecto grupo de los valientes de David. Su vida es resumida en las Escrituras en unas pocas oraciones, pero la huella de su heroicidad marca y se conecta con cada generación que ha existido después de él hasta hoy.

La emblemática batalla que libró Sama en un campo de lentejas en Judá, seduce al lector que abreva por primera vez de este pasaje bíblico. Un solo hombre contra una banda de filisteos. Un guerrero contra una multitud armada. La lucha en sí, es digna de una estatua conmemorativa. Hollywood debería producir una película sobre Sama. Un hombre sin súper poderes que defendió aquello que creía propiedad del pueblo de Dios. Un pequeño terreno de lentejas que en ese instante era su reino, y el don de Dios que debía de cuidar.

Con la arrojo de un león que cuida su territorio, sama se paró en medio del campo de lentejas y peleó hasta derrotar a los numerosos enemigos. La victoria fue sobrenatural, y el guerrero supo darle la gloria a Dios. De esta confrontación dilucidamos lecciones que nos pueden ser útiles hoy, gemas de sabiduría para usar en el diario vivir.

La primera lección que aprendemos es que: el pueblo de Dios siempre está en batalla. Los filisteos querían el fruto de los campos de los israelitas, así como los enemigos de nuestra alma quieren los frutos del Espíritu que hemos recibido por un andar de obediencia a Dios. Esa es la dinámica de vida de las que nos advierte Pablo en Efesios 6:12. Tenemos una lucha constante en el ámbito espiritual contra poderes invisibles y opositores a Dios.

La segunda enseñanza es que: tenemos un enemigo astuto. Los filisteos vinieron en grupo, no uno ni dos, sino muchos. Ellos sabían que la unidad era fundamental para la victoria. Ello nos recuerda que hay que estar preparados con las armas de nuestra milicia. El adversario no vendrá solo, juntará sus mejores secuaces y sus mejores armas. Nos toca resistirle con autoridad y valía (Santiago 4:7).

La tercera enseñanza develada en el campo de lentejas es que: no hay batallas nuevas. En ese mismo sitio, en Lehi, Sansón había librado una batalla contra los filisteos matando a mil de ellos (Jueces 15:17). Lo que ocurre hoy, ya ocurrió antes. Ello nos sirve de acicate para nuestra fe. Dios libró a su siervo antes, y lo hará una vez más. Él es el mismo siempre (Hebreos 13:8). También debemos poner en práctica los mismos principios de actuación de Sama: valentía, determinación y fe.

La cuarta lección nos recuerda que: los valientes nunca huyen de las batallas. Ni siquiera cuando otros lo hagan. El pueblo de Lehi huyó, pero Sama no. Su código de guerra se lo impidió. Prefería morir antes que rendirse. Nosotros no somos de los que retroceden (Hebreos 10:39). Aunque otros apostaten de la fe, aunque los más se olviden del Señor, nosotros nunca lo haremos. Nos atrincheraremos en nuestro sitio hasta que pase el conflicto. Sabemos que la victoria está asegurada. Dios mismo peleará con nosotros. Los filisteos serán derribados y sus planes anulados.

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