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La fuente de gozo

Creo que lo que falta en la mayoría de iglesias hoy en día es el gozo profundo y permanente. He oído a cristianos que dicen: “Oramos por un avivamiento en nuestra iglesia”. Pero el avivamiento no puede suceder solamente por la oración. No puede haber tal despertar a menos que la gente tenga un hambre diligente por la Palabra de Dios. Y deben someter sus vidas totalmente a ser gobernados por las Escrituras. No podemos obtener el gozo del cielo hasta que la Palabra pura nos haya convencido de nuestros pecados y retrocesos.
Cuando David desobedeció, él perdió el gozo del Señor. Ese gozo sólo podía ser restaurado a través del verdadero arrepentimiento, así que él oró: “Lávame más y más de mi maldad, y límpiame de mi pecado. Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí…Purifícame…” (Salmo 51:2-3,7). David también oró para recuperar lo que había perdido: “Vuélveme el gozo de tu salvación” (Versículo 12).
Esdras le dijo a la gente que estaba reconstruyendo Jerusalén, en esencia: “Ustedes han mostrado hambre por la Palabra de Dios, permitiendo que obre en sus corazones. Se han arrepentido y lamentado y Dios está complacido. ¡Pero ahora es tiempo de regocijarse! Saquen sus pañuelos y sequen sus lágrimas. ¡Este es un tiempo de gozo”.
La gloria del Señor descendió sobre Israel y el pueblo pasó los siguientes siete días regocijándose: “Y todo el pueblo se fue a comer y a beber,…y a gozar de grande alegría, porque habían entendido las palabras que les habían enseñado” (Nehemías 8:12).
La palabra hebrea para “alegría” aquí significa “regocijo, felicidad”. Esto no es tan sólo sentirse bien, sino que es un brote de lo profundo, de muy adentro. Es claro para los que nos rodean, que esta fuente de gozo viene del cielo.
Donde la Palabra de Dios es reverenciada, el resultado es un derramamiento genuino del “gozo de Jesús”.

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