El justo florecerá como la palmera; crecerá como cedro en el Líbano. Salmos 92:12.

Ved al fatigado viajero afanándose por la caliente arena del desierto, sin resguardo que lo proteja de los rayos del sol tropical. Su provisión de agua se ha agotado y no tiene nada con que calmar su ardiente sed. Su lengua comienza a hincharse. Se tambalea como un ebrio. Visiones del hogar y los amigos pasan delante de su mente, pues cree estar próximo a perecer. Repentinamente ve a la distancia, elevándose por sobre la triste arenosa vastedad, una palmera, verde y floreciente. La esperanza acelera su pulso. Avanza sabiendo que aquello que da vigor y frescura a la palmera refrescará su sangre febril y le dará renovada vida.

Así como la palma del desierto es guía y consuelo para el desfallecido viajero, igualmente lo es el cristiano para el mundo. Está para conducir hasta el agua de vida a las almas cansadas, llenas de desasosiego y a punto de perecer en el desierto del pecado. Está para señalar a sus semejantes a Aquel que hace a todos la invitación: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba”.

El cielo puede parecer inclemente, la quemante arena puede castigar las raíces de la palmera y amontonarse en su tronco; sin embargo, el árbol sobrevive, fresco y vigoroso. Removed la arena y descubriréis el secreto de su vida: sus raíces penetran bien profundamente dentro de las [corrientes de] aguas escondidas en la tierra.

Lo mismo sucede con el cristiano. Su vida está escondida con Cristo en Dios. Jesús es para él un manantial de agua que brota para vida eterna … Y, en medio de toda la corrupción del mundo, es fiel y leal a Dios…

Los semblantes de los hombres y las mujeres que caminan y trabajan con Dios expresan la paz del cielo. Están circundados de la atmósfera celestial. Para estas almas, el reino de Dios ha comenzado. Tienen el gozo de Cristo.—The Watchman, 5 de mayo de 1908.

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